jueves 15 de octubre de 2009

Avispas


No es cierto que las avispas huyan con la llegada de los primeros ramalazos otoñales. La inocua salida del sol y la bienvenida a las nubes arenales dejaban tras de sí la despida de aquel insecto que adereza su vuelo bajo la elegancia de una chaqueta bicolor negra y amarilla. Pero hoy por hoy, las avispas resisten los últimos grados de sofoco que el verano lleva en su código genético. Como el calor, las avispas resisten a abandonar la sociedad civil durante octubre. Parecen ampararse en la fenomenología que actualmente llena agendas, completa discursos y centra preocupaciones: el cambio climático. El maldito cambio climático nos deja calor en octubre, frío en mayo, torrentes exponenciales de agua en noviembre y flores secas aún en abril. Como el maldito cambio climático -y con él sus emisiones de CO2 a lo largo del día (pum, pum, pum)- las avispas se resisten a emigrar una vez que su visado ha caducado. Pues no. Octubre finaliza y las avispas continúan aleteando felizmente sus alas a la espera de huir alegremente.

Parece que hemos perdido la capacidad de acabar con las avispas. Su vida terrenal se alarga y con ella, el temor que inspira la presencia de las avispas. Porque las avispas son incómodas y terroríficas. Por eso, ahora ya entiendo el concepto de terrorista: que imponen terror, que amedrentan con ese terror. Las avispas son terroristas. No ponen bombas, no extorsionan, no disparan balas de plata. Pero son terroríficas. Porque nos aterra ver su aleteo amarillo y negro sobre nuestra mano, creyendo que aquel aguijón cargado con demoníaca inquina nos picará. Porque nos molesta comer y saber que este insecto se posará sobre nuestra comida a la espera de coartar nuestra amenaza con una elegante picadura. A mí, al menos, eso me produce terror.

Además, el ser humano se ha vuelto indefenso ante la presencia de las avispas. -Si las atacas se cabrean -he llegado a escuchar en numerosas ocasiones sobre la acción del hombre (el ser racional, el poderoso. ¡Ja!) contra la amenaza imperante de las avispas en ese revoloteo bicolor que implica terror, pavor. Que me digan entonces qué hago mientras espero a que abandone su chacal y marcial presencia, a la vez ahondo en una huidiza esperanza de que no me pique.

Las avispas dejan un miedo sempiterno que la evolución natural de Darwin pareció obviar. -Si las dejas en paz no te pican -me han recomendado en otros momentos ante la aparición de un miedo que ha dejado de ser común sólo en verano. Porque como la transición temporal de las avispas, las recomendaciones sobre cómo atajar su poder, se ha enfundado en la mentira, en la infamia. Ante el temor a las avispas, no hay intercesión posible. Sólo esperar a que llegue el frío.

lunes 17 de agosto de 2009

Un motivo, una necesidad, un cambio (II)


No fue una decisión fácil la de marcharme a Londres. La había meditado durante mucho tiempo. Al principio, sólo como una representación metafórica e idílica que yo mismo había generado en mi sino, en el alfa y omega de mi personalidad, esa que necesitaba virar hacia algo que no estuviese representado en los cuadros bélicos, en los lamentos constantes, en la derrota dibujada en la cara de mis seres queridos. Me había otorgado durante ese período el extravangante beneficio de la duda conmigo mismo. Era yo el único que se había adentrado en una constancia de la nada y, sin haber solicitado el amparo que la felicidad otorga, sabía que ella no llegaría con la ineficacia del lamento, de la pérdida de tiempo, de recuperar una imagen que era consciente que ni yo alcanzaría, ni mi familia anhelaría, ni mi país me regalaría. Nunca fui un patriota de mano en pecho y mirada aireada (-la patria es un invento -rezaba un viejo eslogan argentino que leía a menudo en los planfetos anarquistas que el gobierno no logró censar. La patria son tus amigos, tu gente, tus alrededores -añadía yo) pero reconozco que me ampare muchas veces en el axioma intangible que el contexto nacional desprende cuando vives sobre su regazo, sobre un pedazo de tierra que los gobernantes gestionan para su única satisfacción. Precisamente, por eso creo que deje de creer en la patria como acompañante sentimental: por esos déspotas que la clasifican como propias, como si fuese de su única e irrecuperable pertenencia. Por esos gritos rabiosos que emanan a favor de la prosperidad que tu país puede obtener de tu exclusividad, del amor a un concepto inexistente.

Entre otros motivos de dudosa nacionalidad, la patria no logró calmar ni colmar las expectativas de cambio que mi yo interior llevaba escupiendo como un volcán. Ese ardor tampoco pudo saciarlo mi familia. Y ahora me atrevería a decir que esa relación paterno-filial fue el principal motivo que me obligó a huir de lo que hasta entonces había sido, buscando un hipotético lugar que aunase el destino que anhelaba. Londres como ese oasis no fue una realidad avanzada hasta que mis padres se ahogaron en su propia pena, en su única idea de subsistir ante lo que la vida les había arrebatado, en arroparse bajo la autocomplacencia reaccionaria. Desde aquel día, mis padres dejaron de ser lo que habían construido hasta el momento para convertirse en escudos de su lamento.

Aquel día fue cuando mi hermano Sasa murió en un bombardeo de la OTAN sobre Belgrado. Mi hermano mayor, y único hermano, era profesor de literatura en un instituto de secundaria cuando la Alianza comenzó su ofensiva para conquistar Kosovo bajo el mando estadounidense y con la idea de desanexionar Kosovo de Serbia. El emperador Clinton lo ordenó para dejar claro a Slobodan Milosevic que quien mandaba era él, y que su pretensión secesionista kosovar se llevaría a cabo tarde o temprano, por las buenas o por las malas. A mi hermano le tocó temprano y por las malas. Era mayor que yo, mucho más estable en sus convinciones. Altivo, apuesto, responsable. Adjetivos todos ellos que a uno le llevan a la obviedad de que también era buen hijo. De ahí el drama que para mis padres supuso la pérdida de un hijo ya independizado en su forma y en su fondo. Aquel día fue cuando el viejo cambió para siempre. Mi madre aún transporta su presente a un pasado del que nunca quiso salir.

Mi padre era empleado de banca. Había logrado hacer algo de dinero durante la década de los ochenta en la dictadura de Tito, en la época en la que la estabilidad yugoslava se había asentado bajo los preceptos que aquel asqueroso comunista quería establecer con el yugo de la unidad, de la repugnancia racial. Mi padre lo sabía pero tapaba su autocracía bajo el amparo del crecimiento, enfrentado a una gestión que a mi familia le había servido para auparse económicamente. -Prefiero la hipocresía de Tito a la incertidumbre nacionalista de Milosevic -repetía mi padre a menudo, enfrascado conmigo y mi hermano en conversaciones políticas de arduo consenso. Mi madre no entraba en esos momentos. Disfrutaba mucho más haciendo orasnice para nosotros. Aquel pastel de nueces picadas con azúcar, huevos y con forma de herradura estaba condenamente bueno y a mi me trasportaba felizmente a una infancia. A otra vida en la que el miedo aún no se había presentado y el desconcierto sólo era un mero invitado en juegos infantiles.

-¿Cómo podéis pensar que si el comunismo saliese de Serbia las cosas fuesen a cambiar? -nos preguntaba mi padre cada vez que la dicotomía política se aderezaba bajo el dulce aroma de ese pastel. ¿Cómo podéis creer que la independencia de Kosovo sólo se ampara en una supuesta limpieza étnica? -repetía quedamente el viejo cuando las antiguas aspiraciones secesionistas salían a relucir en la televisión. Eran preguntas que no iban dirigidas a nadie, sólo a colmar su ideario político personal. Era erguido, directo, orgulloso, vacilante y profundamente convencido de sus ideas. Cristiano ortodoxo no practicamente hasta la muerte de mi hermano. Un viejo defensor del tradicionalismo familiar, orgulloso de si mismo y de lo que había construido con su trabajo. Consideraba que la prosperidad de sus seres más próximos era en parte fruto de su esfuerzo y de su talento, era un tanto que él sólo se anotaba, sentimiento indisoluble de su soberbia sindiosincrasia. Con sus vicisitudes de dudosa empatía, estaba vivo en la vida. La muerte de mi hermano, lo mató también en vida. Mi madre languidecerá el resto de sus días postrada en la hamaca de los recuerdos. Durante tres años consecutivos lloró diariamente, sollozaba cada noche cuando se despertaba empapada en sudor. Sasa, Sasa, Sasa -gritaba bajo murmuros en los que las pesadillas eran su única medicina. Trágicos sueños en las que las bombas eran escudos indefensos ante los que se encontraba noche tras noche.

En el año y medio que pasó desde que me plantée por primera vez huir de la vorágine que había devorado mi yo interno y mi mundo exterior sólo encontré compasión por mí mismo. Dejé de creer en el papel de doble hijo que me había impuesto: por un lado el que nuncan quise alcanzar, pero por otro al que nunca podía aspirar. Eran pobres actos de misericordia conmigo mismo, de lástima, de asco, de miedo, de pavor, de cobardía, de resignación, de hastío, pero sobre todo de egoísmo. Creí que la oportunidad de escapar de aquel duelo constante me pertenecía única y exclusivamente a mí. Era yo el único que había ganado el derecho a olvidar mi pasado y mi presente, de ganar a través de la muerte de mi hermano la languidez de un futuro que ni yo mismo había planteado, e incluso ni había merecido.

- No puedo, soy demasiado cobarde, me siento apesadumbrado con lo que algún día creí ser y no alcancé, -me repetía sigilosamente mientras valoraba la opción. El peso de mi futuro no atendía a otras cuestiones ni exigía de nadie algo que sólo yo me había implorado y autoimpuesto para coronar la agria sensación del fracaso. El problema radicaba en que ahora el triunfo no estaba garantizado. Ni mucho menos. Cuatro años en la facultad, algún trabajo malpagado y la horrible creencia perenne de desaprovechar un futuro decorado de incertidumbre era lo que atendía aquella llamada para un joven de 27 años. -Tienes que ser una persona de bien. Búscate un oficio, forma una familia, ¡participa en la idea de un país unido por tu bienestar y por el del vecino! -aquellas palabras del viejo me taledreaban la cabeza mientras planteaba que quería romper con aquella vieja idea varada del progreso por el progreso. Pero ya desde entonces eran eso: palabras.

-Señorita por favor, un billete para Londres. Clase turista. En el primero que salga dentro de dos días

Era otoño y en el aeropuerto internacional Nicola Tesla de Belgrado no había mucha aglomeración. Sólo los típicos altos cargos de la ya europeizada economía serbia que viajaban a menudo a centro Europa para conocer nuevos negocios en Hamburgo o cotizar sus dínares al alza en las bolsas de Frankfurt.

-Sólo ida por favor. Aleksandar Banjac.

-¿Pero es para usted? -inquirió aquella mujer de enmarañado pelo que minutos antes sólo prestaba atención a la fijación de sus uñas y su rojizo rimel.

-Claro, respondí casi atónito, como insultándome por inquirirme con aquella estúpida pregunta. - No ve usted que mi documentación se corresponde con mi cara y mi nombre. Banjac. Aleksandar Banjac -le repetí pausadamente. -Séllemelo en el pasaporte, me da el billete y tan amigos.

Han pasado algo más de cinco años desde que mi hermano murió aquel día en los bombardeos sobre Belgrado y por primera vez, y desde entonces, me sentí casi aliviado. Ya sólo me preocupaba por aprender a conducir por la izquierda, por ver en directo algún partido del Arsenal y por escuchar en algún antro la música de los Clash con la que tanto había molestado a mi madre durante mi rabiosa etapa estudiantil.

jueves 13 de agosto de 2009

Estoy perdido (I)


-Disculpe, la 34 con la 53 dónde puedo cogerla. Allá abajo me dijeron que en este cruce la vería pero aquí no hay nada. Busco el edificio 43 del barrio de Islington.

Desconozco si era yo quien había entendido mal las indicaciones de aquel uraño lugareño, o por el contrario, me había tomado mofosamente por lo que era: un joven chico, nuevo e inexperto en vorágines de ese calibre y que me explicó lo primero que se le vino en gana, quitándose de encima la obligación de atender mis súplicas. La respuesta ante mi segunda intentona no difirieron mucho en el trato, lo que me hacía considerar que el primer transeúnte abordado había optado por la segunda opción. Las palabras de éste se limitaron a un mero "no sé" mientras su histriónica mamarrachez se figuraban en un rostro que pasó ante mí y mi circunstancia.

Pero allí estaba yo. Sin rumbo, sin horizonte y sin conocer una dirección que por otro parte no tenía más incidencia que la de palpar la disponibilidad de unos conciudadanos que podían darme una buena pista de la afabilidad de aquella ciudad. Una ciudad envenenada por la vorágine de quien tiene una responsabilidad que acatar, de quien necesita una obligación que triturar, de quien no puede atender las súplicas ante mi cara de necio incrédulo. Una ciudad que desde entonces creo que no me gustó.

La desidia educativa y aprensora ante mis preguntas me cansó. Físicamente digo. Aquella era un paisaje demasiado devorador para un novato en la metropolita gran ciudad, del sueño de los sueños, de las oportunidades dibujadas en las caras de vecinos que parecían no saber hilar la cordialidad con una solución para mí. Pero si no era tan complicado -pensé yo en un halo de ingratitud con ellos y de autocomplacencia por mi parte. "Por aquí y allí. Coge esta todo recto y la segunda a la izquierda. Pregunta más adelante porque desde aquí no se ve el cruce". No creo que hubiera sido tan complejo y molesto haber calmado mis ruegos. Y ya era algo en que no podía dejar de pensar. Me apoyé en una columna y encendí uno de los cigarrillos que mamá me había dado de su bolso la noche anterior (-que no te los pille tu padre-, me dijo antes de despedirse). Miré a mi alrededor intentando olvidar mi primera gran decepción -¡y sólo acababa de salir del tranvía que me había llevado hasta la zona centro!-.

Recuerdo haber quedado hiptonizado con las múltiples voces que se revelaban en las conversaciones que aquellos atletas de la acera tenían entre ellos. Mujeres con prisas, mujeres arrastrando pesados carritos que dios sabe qué contendrían en su interior, ninfas de un amor pasajero y finado bajo el hilo de una suculenta negociación, mujeres altas y guapas, hombres que miraban descompuestamente a las mujeres altas y guapas, hombres de alta alcurnia sujetando firmemente su maletín de firma yuppi, hombres ahogados en la miseria a los que esa prometida oportunidad parecía pedir una tregua, quizás un tiempo de adecuación. Pero también había hombres que limpiaban los zapatos de otros hombres que querían relucir cobalto bajo sus pies, niños que observaban inocentemente su alrededor mientras corrían azarosos junto a la mano de su madre. Había más personajes en aquel retrato de avenida principal de gran ciudad. Todos ellos aunados en su sino de vecinos de una ciudad que sonaba a ruido, a ir y venir, a etiqueta de un sólo día, que olía a aromas emigrados de distinta procedencia, a alcantarilla, a combustible quemado, a un verde alejado de aquella zona. Era el retrato de esa ciudad pesada que aparecía en las películas en blanco y negro que había visto.

Apuré las últimas bocanadas del pitillo mientras seguía fascinado con la idea de pasear por allí, de buscar alternativas que me alejasen de la rutina familiar, de la imposición parental, de alcanzar las metas de mi ponderable imaginación, de acomplejarme ante la talla grandilocuente de las voces poderosas, de la soberbia callada de muchos recuerdos. No sabía cómo llegar a mi nueva casa, pero sentía que me quemaba la impaciencia, que ya no me escocía la conciencia. Había redecorado unos sentimientos que ahora adquirían una tonalidad diferente, aquellos que me hicieron volver a una realidad que yo mismo había ocultado. Fui consciente de que tenía que seguir preguntando y quizás volver a saborear la agridez de mi nuevos vecinos. Mire hacia un lado y entonces me crucé con aquel primer peón que me había dejado esa primera decepción y que me había llevado hasta la más absoluta de las confusiones direccionales. Mi mirada apenas pudo contenerse ante él durante un instante. Me reconoció y agachó la cabeza en un gesto de acritud consigo mismo.

lunes 10 de agosto de 2009

De vuelta y media


Bueno, ya era hora de dejar de buscar excusas donde antes sólo hubo una dejadez pasmosa. Una desidia que atañe a la imaginación, al buen gusto, a la belleza frente a lo grotesto. Ya era hora de sedar la unión dialéctica que mi cabeza ordena, mis dedos dictan y las nuevas tecnologías categorizan. -No tengo nada qué decir, qué contar, qué expresar- debí pensar cuando esta atalaya exigía un cupo mínimo de atención y de cariño. La extrema vagancia ante la sana costumbre de no arrodillarse en esta consultoría se apoderó de una aún tierna constancia. Quizás no supe qué decir. Quizás no supe cómo contarlo.

Llevaba tiempo sin afrontar la realidad que escribir te otorga. Esa que no se aleja de uno mismo, porque es uno mismo quien la genera, la plasma, la concluye o la exhuma. Quien sabe cómo o porqué, quien sabe qué decir mientras el tic tac de las agujas del reloj marcan unos tiempos que nos desubican ante lo que he dejado pasar. El sol salió hace tiempo y ha consumado las energías que demandaba de un tiempo a esta parte. Ese tiempo que categoriza en mi presencia los recuerdos de lo que no he dejado de ser, de lo que no he dejado de amar.

Pero es que llevaba tiempo sin oler el hilarante olor de café por las mañanas. La necesaria violencia que suscita me ha obligado a escribir renglones de idioteces en el quehacer emprendido. No crean que bajo las palabras húmedas de la tinta, sino en destelleantes actos cotidianos. En aquellos que uno no siempre puede recordar porque son sencillamente eso: fruto de la habitualidad diaria. No busco excusas regidas bajo el lecho de la autocomplacencia, sino adormecer mi conciencia en un momento de gratitud conmigo mismo. Y sienta bien, de veras. Ahora no espero con aires de descaro un reconocimiento cercano al pretexto ideado, porque la agudeza no merece la gratitud. Y saber eso también sienta bien, de veras.

martes 14 de julio de 2009

China carga sus balas


China ha sido hasta hace unos años la gran potencia dormida, el gran lobo asiático que ha despertado en un momento fundamental en el que las relaciones geopolíticas, económicas y estratégicas marcarán el devenir de un mundo cambiante, en pleno proceso de rudimentación sísmica. Los actuales conflictos internacionales, dotados por los actores implicados como imprevisibles pero necesarios para garantizar la seguridad global, se han estancado en un esfuerzo hasta ahora futil para dotar del espectro democrático ha quien ha carecido de este ideario en los últimos años. Sumado a la grave crisis económica, el ente global se enfrenta a importantes y asumibles retos de poderosa enjundia que necesitan más que nunca de una coordinación entre Gobiernos. Todo ello exigido bajo el luminoso foco de las diferencias que marcan las políticas entre norte-sur, este-oeste, el recuerdo del ayer ante un mañana que necesita de acción, pero también de reacción.

Si hay un país que tras la caída del muro de Berlín y el fin de la Guerra Fría se ha posicionado como la superpotencia sobre la que gira gran parte de las decisiones que afectan al espectro global es China. Pekín ha sabido configurar su política en torno a un eje gravitatorio similar al que tiene que emplear fuera de sus fronteras. La llegada de Dan Xiaoping al poder en la década de los ochenta marca un surco en la propuesta maoísta. Su apertura hacia el capitalismo trajo consigo el creciente aterrizaje del consumo y la inversión en las principales ciudades chinas, dejando tras de sí un halo de corrupción que aún prevalece bajo las alfombras del Partido Comunista. El cambio de régimen en las formas de China no ocultó los modos que siguió empleando entonces, teniendo en la matanza del Tiannamenn en 1989, la triste ensoñación de un régimen marcado por la sangre. Su famoso "enriquézcanse" y el fin de las comunas de productividad se plasmó en aquella foto con Ronald Reagan en el aeropuerto internacional de Pekín.

China comenzaba a ser para Occidente en general y Washington en particular, el punto rojo alejado ya de Moscú y con manos libres para dotar a las relacciones oeste-este de una algidez en las que el dólar participaba como invitado de excepción. Esa política de aperturismo capitalista ha sido continuada hasta la actualidad donde su presidente, Hu Jintao, es abiertamente proclive a la participación de Pekín como elemento fundamental en el mundo del mañana. Este dietario político ha venido orientado en gran parte por el exponencial crecimiento económico chino durante los últimos años. Hasta 2008, China llevaba 26 años creciendo a un promedio anual del 9%, duplicando su PIB cada siete años. En los últimos años ha contribuido en un 10% al crecimiento mundial, medido en dólares corrientes, y en un 33%, medido en dólares en paridad de poder de compra. Eso hasta 2008, porque en 2009, con una recesión cabalgante que ha afectado a la caída económica de todas las áreas de influencia, se prevé que China "sólo" crezca un 6%. Eso le ha llevado a ser ya la tercera economía mundial a la espera de alcanzar y superar en 2014-2015 a Japón como la segunda economía más importante del mundo.

Con una economía que roza la perfección evolutiva y una productividad de alta graduación que demanda trabajadores a precio de coste, sus relaciones con países ávidos de inversión es innegable e innegociable. Sin embargo, hasta qué punto Pekín puede aprovechar esa coyuntura a su favor para hacer callar las pistolas que de su matriz nacen. Virando esta idea sobre la responsabilidad mutua, la lectura radicaría en el mesianismo paragubernamental occidental: ¿Por qué las grandes potencias permiten que los derechos humanos en China se redacen sobre papel higiénico?

La política de represión no ha cesado en los últimos años y los conflictos territoriales tienen ahora en las tristes fotografías de Xinjiang sólo un ejemplo que se ha ido acumulando en los últimos años, azuzados por la política de Pekín de cara a sofocar las pretensiones autonomistas. Hace dos años en el Tibet, las cifras oficiales hablaron de más de 100 muertos, mientras que las organizaciones y el Dalai Lama, líder en el exilio, hablaban de centenares. Ahora los musulmanes uigures aseguran que los asesinados por el Gobierno se aproximan más a los 1.000 que a los 200 de los que habla el Partido. Esa distancia en cifras no dista aún del discurso oficialista que aborda la mano dura como alfa y omega de una estrategia que disuada de su idea a las minorías uigures o tibetanas.

Ese desánimo a la hora de abordar las demandas internas no es sin embargo óbice para que Pekín mantenga una represión en sus políticas ya no sólo en las disuasorias o de exigencia popular sino también en las paraoficiales que castigan al culpable y que no reflejan el fracaso judicial que supone para el Gobierno la aplicación de estas medidas, entre ellas la pena de muerte. Según datos de Amnistía Internacional las ejecuciones en China superan las 10.000 al año, a la cabeza de países en los que aún sigue vigente este precepto de dudoso reconocimiento. Las políticas represivas han acompañado en este sentido la idea de un "patria para todos" propugnada desde los tiempos de Mao.

Si a nivel interno el Partido Comunista sabe aplicar esa ferrea defensa de los valores basándose en un desprecio absoluto por los derechos humanos, es fuera de sus fronteras donde el peso chino es fundamental en el desarrollo de un mundo que rota alrededor de una idea varada, de un capitalismo acomplejado y de una socialdemocracia en plena crisis social y democrática. Miembro activo del G8, miembro permanente del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas (con derecho a veto) y canalizador de las ideas que surgen desde el Pacífico, no hay ningún país que haya criticado abiertamente la política que China emplea en su concepción globalizadora. ¿Qué tipo de miedo existe en Occidente para no rechazar abiertamente la ruta comunista entre Pekín y Urumqi?

Por un lado, EEUU como adalid de las libertades exige a Irán desvelar, revelar y claudicar de su intentona nuclear, bajo amenazas diplomáticas y económicas, y con Israel como telón de fondo de una pared enquistada. Pero además, teme que Corea del Norte desestabilice la región asiática con sus conatos balísticos a la vez que pide rigidez a Pakistán y Afganistán para derrocar al terrorismo islamista. Si sus políticas en política exterior pasan por el respeto a la convivencia y la paz, por qué no hace lo mismo con el régimen chino. Pekín no sólo consiente las probaturas norcoreanas, sino que silba hacia otro lado mientras el Consejo de Seguridad condena unánimemente las acciones caprichosas del déspota Kim Jong-Il. Washington exige y reclama a Serbia la independencia de Kosovo o se enfrenta a Rusia por su rechazo a la de Osetia del Sur y Abjasia, pero no es capaz de abordar cortesmente la cuestión con China por el Tibet, Xinjiang o Taiwan. Pero si en lo marcial de sus acciones China quiere verse musculosa en el contexto político mundial, en lo económico ya ha empezado a cuestionar el dólar como divisa de referencia, golpe estomacal a la exclusividad burocrática de la economía estadounidense. Y mientras, EEUU observa y calla, Europa sigue planteándose la cuestión de su política exterior: un discurso, una estretegia, un algo.

La voz callada de Washington y Bruselas contrasta con la ceguera de Pekín, incapaz de mirarse en el espejo y no meter tripa. Ese será uno de los retos del archiobservado Barack Obama como acicate para cambiar en sus modos y formas. La etiqueta que China ha sabido atribuirse en la esfera global, debe exigir rechazar la fuerza como ejercicio de militancia. Mientras tanto, el nuevo contexto global seguirá avanzando a paso consentido.

sábado 11 de julio de 2009

Aznar


Dice Aznar en su última entrevista que "todos los días la gente le pide que vuelva a la política", lo que hace que nuestro particular general de corte sombría, paso subyugado y pequeña indolencia se planté la cuestión, capital en momentos en los que la España centrista y centrada que él dejó reubicada en el mapa como un nuevo país de gama alta, se está desquiciando por los intereses nacionalistas, se está secando por la crisis económica y se ve desperanzada de valores éticos y cordiales. ¡Que mala sombra José María, pensar eso en momentos en los que Rouco Varela ya no despacha por los despachos de ingeniería política del Partido Popular!

Pero no, Aznar por el momento descarta la idea. Prefiere seguir siendo el cerebro cuántico que encuentre la ecuación del centro-derecha que gobernará el día de mañana. Anda muy liado con su actual trabajo de dar consejos a través de sabias palabras que la experiencia le ha otorgado. Tiene que plantear a través de FAES, la estrategia de un nuevo Partido Popular renacido de las cenizas del águila, lleno de cargas obsoletas y pequeños tics pero cargado de un programa único de indómita capacidad de gobernanza. Aznar ha dejado de ser un behemente estadista para dar paso a un intelectual hombre de Estado. El orador se ha transformado en escritor de libros. Libros sobre cómo España volverá a ser un país centrista y centrado.

Pero Aznar sabe cómo orientar a los votantes del PP, esos que añoran el hobbesianismo de nuestro anterior presidente, nuestro hombre de derechas, para que el PARTIDO no deje de serlo, para seguir siendo referencia de valores hercúleos, para que el nacionalcatolicismo vuelva a Moncloa. En definitiva para que el etnocentrismo español vuelva a gobernar y no subyugue ante los agentes periféricos que quieren dinamitarla. Aznar eligió en 2004 a Rajoy "porque es muy diferente a él, porque tiene otra forma de ejercer sus responsabilidades". Parece que Aznar ya era entonces un verdadero hombre de Estado que vió en Mariano un hombre diferente a él. Un hombre que podía continuar con el legado que él había incompletado, pero por falta de tiempo, que no de ganas.

El generaloide de pasado falangista, familia franquista y de carisma decimonónico, amante de la poesía, hombre de PARTIDO y nacionalcatolicista vio que Mariano podía continuar con las mayorías absolutas, con los palios plegados en las oficinas de Génova, con la España ex amante de los nacionalistas CiU y PNV que ahora se ríe de ellos mientras juegan al escondite inglés (lo siento, escondite español, español, español), con la España que respiraba valores de concordia y convivencia mientras José María y el PP (el PARTIDO) daban lecciones rápidas de economía de mercado en cantidades indigestas. Parece que Rajoy necesita algo de tiempo para aprender todo del sumo ideólogo, a pesar de que Mariano es diligente y cuenta con Mayor Oreja en sus candidaturas para llegar antes a La Moncloa, vía aznarista.

Hasta que llegue ese momento, Rodríguez Zapatero está "arruinando España" mientras se adapta al traje de poder y departe con el presidente de los Estados Unidos, el sucesor del emperador vaquero que le pedía a Aznar que le diese medio bocadillo en el recreo. Zapatero no ha aprendido nada de cómo Aznar dejó La Moncloa de decorada y perfumada y "está haciendo mucho daño a nuestro país". La ha dejado lívida de valores y tibia en funciones. El lobby gay y el colectivo antinuclear guiñolizan más de lo que está ya nuestro ya guiñolizado presidente del Gobierno. Se rinde ante las pleitesías de la política lingüística de los nacionalistas. Y por supuesto está "arruinando España". Aznar insta a Zapatero a reconsiderar su sino, sabedor que no ha heredado el carisma que él mismo generó en el pensamiento del centro derecha español, generador del espíritu nacionalcatolicista y etnocentrista, valor primero e insustituible en el catálogo que España necesita para salir de su enfermedad. El mañana reconocerá a Aznar como el prototipo de presidente que nuetro país necesita para volver a oler a fragancia fina. Será ese aroma que me embauca o la colonia del botafumeiro fraguense pero si Aznar se plantea volver a la política, es que algo estamos haciendo muy mal.

jueves 9 de julio de 2009

Ça va? Ça va bien, merci


Ayer volví a saborear el agrio aroma que desprende la mentira. Desconozco si se coló por tus sábanas, se aposentó bajo tus faldas o respiraba bajo el olor que tu sombra perseguía. La mentira ha vuelto a apaciguar la alteración política que tus gestos erguían y tus palabras susurraban. Ahora rechazas la mirada como espejo del alma y sólo absorbes de tí esa inspiración musculosa que otorga a la fuerza más valor en tiempos de contamporánea belleza y fría estampa.

Hemos aprendido a reconocer que la pandemia no se puede curar con medicamentos genéricos ni con milagrosos tratamientos de osteopatía que no alteren químicamente nuestros cerebros. Ahora sólo emiten señales de indiferencia ante el rechazo consensuado que nuestro sino parece haber adoptado. Parece que dignificamos nuestras acciones bajo el manto amparoso que los sentimientos supieron dejar tras de sí. Quizás desde entonces ya nada de esto tenga validez. Quizás sea ahora cuando la fecha de caducidad comience a tener un sentido estríctamente impositivo. Desde que los hercúleos desmanes han sobrepasado la barrera de lo hermoso, las pistolas del odio han empezado a disparar rencor. Desde que lo sables se han despojado de tu cintura, la vida monacal se ha transformado en una ensoñación de ardua consideración. Somos dos ejércitos desarmados en este constante contexto marcial.

Las treguas han dejado de tener pertenencia negociadora para convertirse en un formidable equilibrio de estrechez de miras, de nepotismo ilustrado. Como dos jerjes que no han sabido andar por similares pasillos para acceder a dos altares diferentes. Ese espacio es ahora un habitáculo televisivo de la más baja estofa, donde la audiencia se mide por el grado de separación tras el cual las palabras se han enclavado. Hemos dejado de esdrujulear nuestro placer, ese placer, para catapultar el aroma ajeno bajo los sudores que nos han provocado, para saborear callados los alaridos foráneos que hemos soltado. Tu boca ya no es aquella fuente de hipérboles indultos, de excusas amainadas, catalizadora de un juego corálico. Tu boca, pocas veces se equivoca. Ça Va?
 


Design by: Pocket