
No fue una decisión fácil la de marcharme a Londres. La había meditado durante mucho tiempo. Al principio, sólo como una representación metafórica e idílica que yo mismo había generado en mi sino, en el alfa y omega de mi personalidad, esa que necesitaba virar hacia algo que no estuviese representado en los cuadros bélicos, en los lamentos constantes, en la derrota dibujada en la cara de mis seres queridos. Me había otorgado durante ese período el extravangante beneficio de la duda conmigo mismo. Era yo el único que se había adentrado en una constancia de la nada y, sin haber solicitado el amparo que la felicidad otorga, sabía que ella no llegaría con la ineficacia del lamento, de la pérdida de tiempo, de recuperar una imagen que era consciente que ni yo alcanzaría, ni mi familia anhelaría, ni mi país me regalaría. Nunca fui un patriota de mano en pecho y mirada aireada (-la patria es un invento -rezaba un viejo eslogan argentino que leía a menudo en los planfetos anarquistas que el gobierno no logró censar. La patria son tus amigos, tu gente, tus alrededores -añadía yo) pero reconozco que me ampare muchas veces en el axioma intangible que el contexto nacional desprende cuando vives sobre su regazo, sobre un pedazo de tierra que los gobernantes gestionan para su única satisfacción. Precisamente, por eso creo que deje de creer en la patria como acompañante sentimental: por esos déspotas que la clasifican como propias, como si fuese de su única e irrecuperable pertenencia. Por esos gritos rabiosos que emanan a favor de la prosperidad que tu país puede obtener de tu exclusividad, del amor a un concepto inexistente.
Entre otros motivos de dudosa nacionalidad, la patria no logró calmar ni colmar las expectativas de cambio que mi yo interior llevaba escupiendo como un volcán. Ese ardor tampoco pudo saciarlo mi familia. Y ahora me atrevería a decir que esa relación paterno-filial fue el principal motivo que me obligó a huir de lo que hasta entonces había sido, buscando un hipotético lugar que aunase el destino que anhelaba. Londres como ese oasis no fue una realidad avanzada hasta que mis padres se ahogaron en su propia pena, en su única idea de subsistir ante lo que la vida les había arrebatado, en arroparse bajo la autocomplacencia reaccionaria. Desde aquel día, mis padres dejaron de ser lo que habían construido hasta el momento para convertirse en escudos de su lamento.
Aquel día fue cuando mi hermano Sasa murió en un bombardeo de la OTAN sobre Belgrado. Mi hermano mayor, y único hermano, era profesor de literatura en un instituto de secundaria cuando la Alianza comenzó su ofensiva para conquistar Kosovo bajo el mando estadounidense y con la idea de desanexionar Kosovo de Serbia. El emperador Clinton lo ordenó para dejar claro a Slobodan Milosevic que quien mandaba era él, y que su pretensión secesionista kosovar se llevaría a cabo tarde o temprano, por las buenas o por las malas. A mi hermano le tocó temprano y por las malas. Era mayor que yo, mucho más estable en sus convinciones. Altivo, apuesto, responsable. Adjetivos todos ellos que a uno le llevan a la obviedad de que también era buen hijo. De ahí el drama que para mis padres supuso la pérdida de un hijo ya independizado en su forma y en su fondo. Aquel día fue cuando el viejo cambió para siempre. Mi madre aún transporta su presente a un pasado del que nunca quiso salir.
Mi padre era empleado de banca. Había logrado hacer algo de dinero durante la década de los ochenta en la dictadura de Tito, en la época en la que la estabilidad yugoslava se había asentado bajo los preceptos que aquel asqueroso comunista quería establecer con el yugo de la unidad, de la repugnancia racial. Mi padre lo sabía pero tapaba su autocracía bajo el amparo del crecimiento, enfrentado a una gestión que a mi familia le había servido para auparse económicamente. -Prefiero la hipocresía de Tito a la incertidumbre nacionalista de Milosevic -repetía mi padre a menudo, enfrascado conmigo y mi hermano en conversaciones políticas de arduo consenso. Mi madre no entraba en esos momentos. Disfrutaba mucho más haciendo orasnice para nosotros. Aquel pastel de nueces picadas con azúcar, huevos y con forma de herradura estaba condenamente bueno y a mi me trasportaba felizmente a una infancia. A otra vida en la que el miedo aún no se había presentado y el desconcierto sólo era un mero invitado en juegos infantiles.
-¿Cómo podéis pensar que si el comunismo saliese de Serbia las cosas fuesen a cambiar? -nos preguntaba mi padre cada vez que la dicotomía política se aderezaba bajo el dulce aroma de ese pastel. ¿Cómo podéis creer que la independencia de Kosovo sólo se ampara en una supuesta limpieza étnica? -repetía quedamente el viejo cuando las antiguas aspiraciones secesionistas salían a relucir en la televisión. Eran preguntas que no iban dirigidas a nadie, sólo a colmar su ideario político personal. Era erguido, directo, orgulloso, vacilante y profundamente convencido de sus ideas. Cristiano ortodoxo no practicamente hasta la muerte de mi hermano. Un viejo defensor del tradicionalismo familiar, orgulloso de si mismo y de lo que había construido con su trabajo. Consideraba que la prosperidad de sus seres más próximos era en parte fruto de su esfuerzo y de su talento, era un tanto que él sólo se anotaba, sentimiento indisoluble de su soberbia sindiosincrasia. Con sus vicisitudes de dudosa empatía, estaba vivo en la vida. La muerte de mi hermano, lo mató también en vida. Mi madre languidecerá el resto de sus días postrada en la hamaca de los recuerdos. Durante tres años consecutivos lloró diariamente, sollozaba cada noche cuando se despertaba empapada en sudor. Sasa, Sasa, Sasa -gritaba bajo murmuros en los que las pesadillas eran su única medicina. Trágicos sueños en las que las bombas eran escudos indefensos ante los que se encontraba noche tras noche.
En el año y medio que pasó desde que me plantée por primera vez huir de la vorágine que había devorado mi yo interno y mi mundo exterior sólo encontré compasión por mí mismo. Dejé de creer en el papel de doble hijo que me había impuesto: por un lado el que nuncan quise alcanzar, pero por otro al que nunca podía aspirar. Eran pobres actos de misericordia conmigo mismo, de lástima, de asco, de miedo, de pavor, de cobardía, de resignación, de hastío, pero sobre todo de egoísmo. Creí que la oportunidad de escapar de aquel duelo constante me pertenecía única y exclusivamente a mí. Era yo el único que había ganado el derecho a olvidar mi pasado y mi presente, de ganar a través de la muerte de mi hermano la languidez de un futuro que ni yo mismo había planteado, e incluso ni había merecido.
- No puedo, soy demasiado cobarde, me siento apesadumbrado con lo que algún día creí ser y no alcancé, -me repetía sigilosamente mientras valoraba la opción. El peso de mi futuro no atendía a otras cuestiones ni exigía de nadie algo que sólo yo me había implorado y autoimpuesto para coronar la agria sensación del fracaso. El problema radicaba en que ahora el triunfo no estaba garantizado. Ni mucho menos. Cuatro años en la facultad, algún trabajo malpagado y la horrible creencia perenne de desaprovechar un futuro decorado de incertidumbre era lo que atendía aquella llamada para un joven de 27 años. -Tienes que ser una persona de bien. Búscate un oficio, forma una familia, ¡participa en la idea de un país unido por tu bienestar y por el del vecino! -aquellas palabras del viejo me taledreaban la cabeza mientras planteaba que quería romper con aquella vieja idea varada del progreso por el progreso. Pero ya desde entonces eran eso: palabras.
-Señorita por favor, un billete para Londres. Clase turista. En el primero que salga dentro de dos días
Era otoño y en el aeropuerto internacional Nicola Tesla de Belgrado no había mucha aglomeración. Sólo los típicos altos cargos de la ya europeizada economía serbia que viajaban a menudo a centro Europa para conocer nuevos negocios en Hamburgo o cotizar sus dínares al alza en las bolsas de Frankfurt.
-Sólo ida por favor. Aleksandar Banjac.
-¿Pero es para usted? -inquirió aquella mujer de enmarañado pelo que minutos antes sólo prestaba atención a la fijación de sus uñas y su rojizo rimel.
-Claro, respondí casi atónito, como insultándome por inquirirme con aquella estúpida pregunta. - No ve usted que mi documentación se corresponde con mi cara y mi nombre. Banjac. Aleksandar Banjac -le repetí pausadamente. -Séllemelo en el pasaporte, me da el billete y tan amigos.
Han pasado algo más de cinco años desde que mi hermano murió aquel día en los bombardeos sobre Belgrado y por primera vez, y desde entonces, me sentí casi aliviado. Ya sólo me preocupaba por aprender a conducir por la izquierda, por ver en directo algún partido del Arsenal y por escuchar en algún antro la música de los Clash con la que tanto había molestado a mi madre durante mi rabiosa etapa estudiantil.